¿LUCHADORES POR LA LIBERTAD O SIMPLEMENTE UN CUCHILLO PARA SUS PROPIAS GARGANTAS?
Alberto Salazar
7 de Marzo de 2014
La protección y seguridad de una nación es un asunto tan extremadamente delicado, que desde hace miles de años ha sido regulado con esmero. No por gusto, los romanos establecieron por casi 200 años, aquella norma de que ningún ejército podía cruzar el río Rubicón. Que un general cruzara en armas tal río, era visto como un acto de insubordinación y amenaza a la república. De modo que cuando Julio César lo hizo comprendió que tal acto no tenía vuelta atrás. “Alea jacta est” (La suerte está echada) indicó Suetonio que fueron las palabras de César después de hacer que su ejército cruzara el río italiano, y con ello quería expresar que únicamente podía salir de ese trance en dos posturas excluyentes, victorioso o derrotado; es posible también que su derrota hubiese significado su enjuiciamiento y posterior ejecución. Así que el brillante militar romano se sentó a esperar el resultado. Los movimientos que debía hacer ya estaban hechos, y sus siguientes acciones dependerían de sus suposiciones y de los imponderables de siempre. César había sopesado la gravedad de su acción y confiaba en que tenía una posibilidad significativa de triunfar, tal como la historia registra que aconteció.
De modo que cuando de armar a grupos de personas se trata, las reglas y principios resultan de suma importancia y cuidado. Que un ejército ande encapuchado, que no se pueda identificar a quién obedece, cuál es su cadena de mando o a quién se supone protege, es inaceptable en el estamento militar. Más aún, un comando de ese tipo se califica como fuera de las normas castrenses y en consecuencia puede ser catalogado como delincuentes, peligrosos bandoleros y un peligro real para la sociedad.
Que algunos sectores de nuestra clase media, que viven en zonas como Chacao, Los Ruices, La Trinidad, El Hatillo, Santa Fe hayan accedido a permitir que lo que inició como protestas pacíficas estudiantiles, se convirtiera en conflictos violentos entre grupos encapuchados y armados con artefactos de alta y larga potencia, que enfrentan abiertamente a la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Policía Nacional Bolivariana (PNB), es un pésimo presagio de lo que más adelante podría acontecer. Que las autoridades municipales, hayan incumplido con sus obligaciones de proteger el ámbito geográfico en el cual tienen potestad de actuar, es también un terrible hecho que abre una drástica puerta al aumento de la inseguridad y el crimen en sus municipios. Es un cruce del río Rubicón que no tiene vuelta atrás y solamente el odio, el desespero y la insensatez, pueden explicar semejantes dislates.
Hay quienes hoy, para nuestro asombro, aplauden a esos grupos cuando se enfrentan a la GNB y PNB ya que sostienen que son estudiantes y se les ha reprimido su derecho a la protesta. Pero si eso es cierto, ¿el hecho de que algunos anden encapuchados no facilita que sean infiltrados por seres peligrosos y hasta delincuentes profesionales? ¿Quién tiene el control de esa situación como para garantizar que no se esté engendrando un monstruo de Frankenstein? Y en caso de que mañana algunas bandas de delincuentes decidan imitar tales acciones de hoy ¿cómo se podrá diferenciar a unos de otros? ¿Cómo se combatirá a los de ellos de los foráneos?
El peor caso posible de considerar, es que tales bandas ya sean completamente ajenas a los habitantes de la zona. Que alguien haya conspirado para colocarlos allí y se les haya facilitado el acceso y hasta ayudado a que se oculten del estado. Si eso fuese así, entonces caben las preguntas: ¿Cómo una sociedad puede permitir que grupos violentos en las azoteas de sus viviendas atenten contra la paz, la seguridad y se enfrenten a los cuerpos de vigilancia del estado? ¿Cómo aspiran esos ciudadanos controlar el desorden, la inseguridad y los peligros que tal anarquía conlleva con si misma? ¿Son tan ingenuos los ciudadanos de esos sectores, como para pensar que esas bandas de delincuentes van a diferenciar entre ellos y sus supuestos antagonistas políticos y les respetarán todos sus derechos humanos (DDHH)? ¿Qué evitará que esas bandas armadas delictivas, que ya accedieron a las zonas, conocen cómo actuar, progresivamente están descubriendo quién es quién, quién posee qué, y dónde vive, quieran sacar provecho de tal situación? ¿podrán las policías municipales retomar el control de la zona? ¿bastará con la alianza policía municipal y ciudadanía para hacer más segura las zonas, cuando los delincuentes conocen los “rabos de paja” de las autoridades municipales, sus cuerpos de protección y la ciudadanía regional? ¿Existe un ideólogo detrás de esta situación que pueda garantizar que lo que hoy se aplaude, tontamente, mañana no será cuchillo para su propia garganta?
Los cuerpos de seguridad del estado tienen dentro de sus principios la disciplina y el estricto cumplimiento de órdenes, sin embargo, nunca falta algún miembro que desacate o desee actuar por si mismo. Es tan común el asunto, que los mismos cuerpos incluyen mecanismos de control interno para detectar tales anomalías y desviaciones. Ahora bien, ¿existe algún mecanismo que impida que tales hechos puedan ocurrir entre los grupos que ya lucen anárquicos, criminales e irrespetuosos de todas las leyes de la república? Y si ocurre algún exabrupto ¿a quién se le reclamará haberlo permitido? ¿habrá alguien que pueda escuchar y resarcir los daños? ¿existirá alguna entidad que pueda aplicar justicia apropiada?
No creemos que esos grupos fuera de la ley logren su objetivos, ni que derroten a los cuerpos de seguridad del estado, pero si es factible pensar en que habrá derivados de sus acciones que fomentarán el aumento de la inseguridad en donde ahora libremente reciben apoyo directo e indirecto. Por ello aspiramos a que no suceda que guiados por el odio que los domina y el afán de cambiar todo de inmediato, esta gente haya abierto las puertas de sus municipios y hasta de sus propias viviendas, para los desalmados delincuentes que tanto rechaza y de los cuales se queja y se protege con desespero a través de rejas, calles cerradas, garitas, blindajes y hasta guardaespaldas. Tal vez se concentraron tanto en sus miedos hacia los colectivos, que sin darse cuenta crearon su propia versión de estos, pero con un claro fin de violencia callejera justificada en un postura política. Ellos y su nefasto liderazgo político y mediático, podrían entonces haberse puesto la soga al cuello. Ya lo advirtió el poeta cubano José Martí: “Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia, nada construyen, porque sus simientes son de odio.”

